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Soluciones Naturales

Obesidad. Una pandemia global

Obesidad. Una pandemia global
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¿Por qué los pesticidas engordan y enferman y comer “bio” adelgaza y mantiene la salud…?
La obesidad es un problema crónico, estigmatizado, costoso y raramente superado. ¿Por qué? Porque estamos buscando la solución en los lugares equivocados. Este texto es una traducción y un resumen del trabajo de Pat Thomas publicado en la versión UK de The Ecologist.
La obesidad es oficialmente una epidemia. Los médicos de atención primaria están alarmados. El
número de personas con obesidad ha aumentado constantemente desde 1970 y en el mundo hay ya mil millones de obesos, lo que supera ampliamente al número de personas desnutridas. Las causas parecen ser la glotonería y la pereza y las soluciones, comer menos y hacer más ejercicio.

Un estudio conjunto de Dr. Foster Intelligence (organización independiente que colabora estrechamente con el Instituto Nacional de la Salud británico) y Experian (compañía que realiza estudios de mercado) concluyó que había más obesidad entre la gente que vivía en las ciudades industriales del norte de Gran Bretaña que entre aquellos que vivían en Londres y zonas rurales. El director de la organización, Marc Farr, comentaba que las razones para que hubiera más obesidad en estas zonas son comunes a muchas otras: alimentos baratos con alto contenido en azúcar, desempleo, falta de ejercicio físico, etc. Esta tan manida explicación contiene algo de verdad, pero olvida algo fundamental: el dónde y el por qué de la obesidad están íntimamente ligados.

GRASAS URBANAS
La explicación reduccionista es simple: grasas dentro/grasas fuera. Sin embargo, una visión más global nos muestra un efecto multifacético de la urbanización y la industrialización que ha tenido un impacto devastador en lo que comemos, cuando, cómo, con qué frecuencia y su calidad, así como los niveles diarios de ejercicio físico.
También en los países del Sur los niveles de obesidad crecen. En el Congreso Internacional sobre Obesidad, en Sydney, el Dr. Philip James informó de su aumento en China e India, atribuible a la creciente urbanización y a la infiltración de una dieta occidentalizada, pobre nutricionalmente, con alto contenido en grasas y productos hipercalóricos.
A pesar de que las dietas convencionales fallan, seguimos recurriendo a la ecuación calorías dentro/calorías fuera. Y normalmente toda la responsabilidad del éxito o el fracaso de la dieta se hace recaer sobre el individuo. Pero si analizamos el statu quo aparecen algunas preguntas incómodas. Las ineficaces soluciones doradas como contar calorías han llevado a algunos científicos a sugerir que nos estamos perdiendo algo e intentan mirar más allá.
Este año el Internacional Journal of Obesity ha explorado otros caminos y ha encontrado al menos 10 causas más para la obesidad que no tienen nada que ver con la glotonería y la pereza. Afirman que la ciencia médica tiende a centrarse en los “dos grandes” factores: mercado alimentario y tecnología, eludiendo la importancia de otros factores.

OTROS FACTORES

¿Qué otros factores nos hacen engordar? Muchos de los supuestos causantes del problema tienen sus raíces en la vida moderna y, aunque algunos tengan un efecto mínimo, pueden interactuar entre ellos y con otros factores de forma que su efecto se magnifica. Algunos son: la falta de sueño, la contaminación, los aires acondicionados, el dejar de fumar, algunos medicamentos, la edad de la población, las influencias étnicas, las madres mayores, la herencia y el ambiente, la obesidad en relación con la fertilidad, las uniones entre personas obesas…
En su opinión, la influencia de estos factores es circunstancial, y otros aspectos de la vida moderna son cruciales. Entre ellos está la exposición a contaminantes que alteran el sistema hormonal, del tipo de los que se encuentran en cualquier ciudad industrial del norte de Gran Bretaña (o en muchos otros lugares del planeta), donde ha habido minas, refinerías, fábricas y altas chimeneas escupiendo humo y donde ahora hay industrias químicas, incineradoras e instalaciones para transformar residuos que lanzan toxinas al aire, al agua y a la tierra.

FALLOS EN LAS DIETAS
Así que hacemos dietas para perder peso. Pero la mayoría de la gente que pierde peso con una dieta lo recupera e, incluso, engorda más. Es lo que se denomina efecto rebote.
En nuestra fase de cazadores, cuando la siguiente comida no estaba garantizada, el cuerpo se programaba para acumular alimento para las épocas de escasez. Así pues, en épocas de privación (incluyendo las dietas) se desarrolla un mecanismo hormonal por el que acumulamos calorías guiados por señales de saciedad y apetito, incluso cuando la comida abunda de nuevo.
En esencia, el cuerpo acumula calorías para anticiparse al siguiente período de falta de alimento, aunque éste nunca se dé. Este efecto rebote es mayor cuando la comida disponible tiene un alto contenido en calorías, como patatas chips, refrescos, Big Macs, etc.; y además, el gasto energético es menor por la falta de actividad física.
Hay una base biológica para este efecto almacenamiento: el índice de metabolismo basal (IMB), que es la cantidad mínima de energía requerida por el cuerpo en descanso para mantenerse vivo y mantener el peso constante. Cuando perdemos peso el IMB baja. La constante variación de peso durante la dieta y el atiborrarse después hace estragos en el IMB, en algunos casos incluso lo barre por completo y deja al cuerpo sin pistas para mantener un peso saludable.

CONFUSIÓN HORMONAL

Las hormonas juegan un papel fundamental para determinar y mantener el metabolismo y el equilibrio corporal. Si se alteran los niveles hormonales pueden surgir, entre otros, problemas con el peso.
Ya en el año 2004, en la conferencia “Obesidad: Orígenes e Influencias Medioambientales”, el Instituto Nacional de la Salud Americano hizo un llamamiento urgente para que se investigase a fondo la relación entre la obesidad y los productos químicos que alteran el sistema hormonal, apuntando que la exposición a éstos, especialmente en el útero, podría dañar irreparablemente los mecanismos de control de peso del organismo. Muchos de esos productos químicos, precisamente, entran en nuestros organismos a través de la alimentación, en forma de residuos de contaminantes como pesticidas, fungicidas… Por ello, una forma de estar al margen es la alimentación ecológica. Además, los alimentos “bio”, se sabe, ayudan a “reparar” el funcionamiento hormonal.
Pero el estudio ya se había hecho en 2002 por el equipo de la Dra. Paula Baillie-Hamilton que publicó un trabajo en la Universidad de Stirling que afirmaba que las toxinas químicas eran las culpables de la epidemia de obesidad. Baillie-Hamilton, tras muchos años de investigación forense sobre cómo la contaminación nos cambia desde dentro hacia fuera, afirmaba en sus conclusiones que los productos químicos en el ambiente estaban alterando la fertilidad de la vida salvaje. “…Si afectan a la fertilidad tienen que afectar a las hormonas de manera significativa…y éstas controlan funciones del cuerpo como el control de peso”. Efectivamente encontró que los productos químicos, que en grandes dosis ocasionan pérdida de peso, parecían hacer engordar en pequeñas dosis, las mismas dosis a las que estamos expuestos en nuestra vida diaria.

LA MACANA QUÍMICA

Los productos químicos industriales que alteran el funcionamiento hormonal afectan gravemente al metabolismo humano y al control del apetito. Las investigaciones en la Universidad de Laval, en Quebec, han contribuido enormemente a la comprensión de la magnitud de sus efectos en un cuerpo altamente contaminado.
A finales de los noventa, el catedrático Angelo Tremblay y su equipo empezaron a investigar, primero en animales y luego en humanos, los efectos de los organoclorados en el metabolismo. Partieron de un estudio anterior realizado en Italia sobre personas obesas a las que se les había practicado un bypass gástrico para perder peso. Se observó que a medida que adelgazaban presentaban en sangre un drástico aumento en los niveles del pesticida DDT y de uno de sus productos de degradación, el DDE.
Los estudios en Laval sobre personas con un programa de adelgazamiento mostraban también mayores concentraciones de estos químicos a medida que se producía la pérdida de peso.
Los organoclorados se almacenan generalmente en los adipocitos (células grasas). Cuando se adelgaza los adipocitos liberan estos químicos de nuevo en la sangre, que circulan libremente, y los niveles de hormonas tiroideas (necesarias para mantener un metabolismo eficiente) caen drásticamente.
También es común entre las personas sometidas a dieta que disminuya el índice de metabolismo basal (IMB) –el ritmo al que el cuerpo quema calorías-. Este descenso se denomina termogénesis adaptativa.
El descubrimiento preocupante en Laval fue la constatación de que había niveles más altos de compuestos organoclorados paralelamente a niveles más bajos de hormonas tiroideas de los que ocasionaría únicamente la pérdida de peso. Lo mismo ocurría con el IMB, así como con el gasto de energía y los niveles de encimas oxidativas de músculo estriado, que determina la eficiencia con la que los músculos queman energía. Cuando estos niveles no funcionan correctamente la energía se almacena como grasa. “Si tuviera que expresar esto en términos periodísticos, afirma Tremblay, diría que los organoclorados básicamente cierran el horno que ayuda al cuerpo a quemar calorías”.

PRODUCTOS QUE ENGORDAN
Trembley se centró en los compuestos organoclorados, como los pesticidas de DDT y sus productos de degradación como DDE, clordano, aldrín, dieldrina y heptacloro, así como en PCBs (bicenilos policlorados), dioxinas y clorofenoles. Pero la lista de los productos químicos que pueden ocasionar obesidad incluye una gran variedad asociada con la industria y la contaminación ambiental.
Un efecto fundamental, según Baillie-Hamilton, es la forma en que los contaminantes químicos interactúan con el sistema nervioso simpático. Este sistema libera hormonas como adrenalina y noradrenalina que suprimen nuestro apetito, especialmente de grasa. También aumentan la habilidad y el deseo de ejercicio y la temperatura corporal, de forma que cuando hacemos ejercicio estamos quemando calorías más eficientemente.
“Los productos químicos organoclorados actúan directamente sobre el sistema nervioso simpático atacando todos y cada uno de sus mecanismos de funcionamiento”. Es como una macana química: reducen los niveles hormonales necesarios para mantener un peso equilibrado y bloquean, e incluso destruyen, los receptores hormonales en los adipocitos. Esto significa que las hormonas no se pueden comunicar con los adipocitos y estas células son menos sensibles a las hormonas en circulación que regulan el metabolismo”.

ADAPTARSE Y SOBREVIVIR
Las investigaciones en Laval continúan y confirman que los altos niveles de organoclorados alteran el metabolismo y pueden ser uno de los más importantes provocadores de la termogénesis adaptativa y la recuperación de peso tan tristemente familiar para los que hacen dieta.
Además, una vez liberados por la pérdida de peso, estos químicos también atacan órganos vitales como el cerebro, el hígado y los riñones. Esta amenaza dispara una respuesta más compleja: a medida que los químicos prosperan por encima del nivel que los mecanismos de desintoxicación pueden absorber, el cuerpo empieza a diluir las toxinas en circulación (la mayoría solubles en grasa), creando nuevos adipocitos para almacenarlas.
Otras evidencias sugieren que la presencia de algunos contaminantes industriales como el bisfenol-A y los organoestánicos pueden indicar la presencia de pequeños adipocitos latentes, conocidos como pre-adipocitos, que se transformarán en células grasas adultas o adipocitos. Al aumentar el número de células grasas se hace más difícil bajar de peso. Además, debido al aumento de peso el sistema de desintoxicación del cuerpo, que normalmente facilitaría la excreción tóxica, se paraliza, prefiriendo simplemente almacenar las toxinas en la grasa existente.
Trembley reconoce que hay todavía mucho por investigar sobre la forma en que estos químicos interfieren en el metabolismo. Pero, aparte de disparar los cambios hormonales, la presencia de organiclorados y otras toxinas puede también actuar como disparadores inflamatorios.

GRASAS INTELIGENTES
Algunos médicos como el Dr. Leo Galland, conocido nutricionista, creen que la polución industrial también puede disparar las alergias y las reacciones alérgicas que pueden causar o empeorar una inflamación crónica generalizada. El problema de la inflamación crónica es el más relevante para elevar los niveles de obesidad. La inflamación hace que el cuerpo libere un número de sustancias químicas que hacen al sistema resistente a la leptina, una hormona descubierta relativamente recientemente. Su descubrimiento, en el Rockefeller Institute, ha cambiado por completo nuestra comprensión de la obesidad.
Antes de eso, dice Galland, se pensaba que la grasa era una bolsa de calorías inútiles e inertes. La cuestión fundamental sobre la leptina no es solamente que afecte al apetito, al metabolismo y a las reservas de grasa, sino que la producen las células grasas exclusivamente. Así que, de pronto, la grasa se convierte en un agente activo en el cuerpo.
En realidad, la grasa es un órgano y su función es tan intrincada como la de cualquier otro órgano, en el sentido de que interactúa con el sistema inmunitario, el nervioso y otros, produciendo cambios que pueden ser muy complejos.
Siempre que hay inflamación, las células responden produciendo sustancias químicas anti-inflamatorias conocidas como SOCS. Dos de éstos, SOCS1 y SOCS3, interfieren con la leptina, bloqueando la señal en las células. El mecanismo es muy similar al del desarrollo de la resistencia a la insulina, que es también una inflamación.
La inflamación es esencialmente un proceso protector necesario, por ejemplo, para que cicatricen las heridas o para curar infecciones. Si en un cuerpo contaminado hay inflamación es muy posible que sea una respuesta ante la presencia de toxinas.
Y la grasa del cuerpo tiene también un efecto protector. Por ejemplo, se ha comprobado que los animales expuestos a toxinas medioambientales tienen más posibilidades de sobrevivir cuando se les hace ganar peso sometiéndolos a dietas altamente calóricas, que aquellos a los que no se les induce a ganar peso.
En otras palabras, la grasa corporal, puesto que es un almacén de estas toxinas, se convierte en un mecanismo de supervivencia. Y, por lo tanto, la epidemia de obesidad es en realidad la respuesta adaptativa del cuerpo en un ambiente químicamente intoxicado.

PANORAMA GENERAL
Vista de esta forma, la obesidad sería la respuesta de un cuerpo inteligente que lucha por mantener el equilibrio en un mundo excesivamente contaminado. Tristemente, esta adaptación inteligente es letal y el consejo repetido de simplemente disminuir drásticamente la ingesta de calorías para perder peso rápidamente puede que incluso empeore el problema. La práctica clínica está siendo exasperantemente lenta para alcanzar los cambios conceptuales derivados de la relación entre la obesidad y los contaminantes medioambientales.
Como la Dra. Baillie-Hamilton afirma:”…si hablas con un especialista en problemas de obesidad, que se ha pasado toda su vida profesional indicándole a la gente que si comen demasiado y no hacen ejercicio van a ganar peso, probablemente no tenga ninguna idea de la relación entre obesidad y contaminación. Y hasta que los profesionales no lo sepan, sus conclusiones y soluciones seguirán siendo limitadas”.
El Dr. Galland está de acuerdo: “Hay una epidemia mundial, con toda seguridad, asociada a la industrialización y la polución. Hay factores que confunden porque ambas también llevan asociados ciertos cambios en los patrones dietéticos y de actividad. Pero la realidad es que los resultados de la mayoría de los tratamientos para perder peso son fatales y se necesitan con urgencia nuevos enfoques más creativos”
Sin embargo, el consejo del NHS (Nacional Health System, Instituto Nacional de la Salud) sigue girando machaconamente en torno a la ecuación calorías dentro/fuera.
Ciertamente no podemos culpar a las víctimas cuando el primer paso, que son las dietas, está fallando. Esto sería como culpar a los pobres por haber sido vagos e irresponsables, o a los que padecen hambre por no haber almacenado alimentos…
También habría que ser mucho más comprensivo y honesto con respecto al doble problema en el que se ven inmersos algunos de los más pobres en relación con la salud. Las personas de los estratos más bajos subsisten normalmente con alimentos de muy poca calidad, con alto contenido en azúcares y grasas y poco nutritivos. Así que su salud en general está ya comprometida. Si a esto añadimos la amenaza química de la polución industrial, los sistemas metabólicos y de desintoxicación que deberían proteger al cuerpo se destruyen por completo.

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PREGUNTAS INCÓMODAS
Estar delgado no es el único, ni siquiera el mejor indicador de una buena salud. La polución procedente del tráfico rodado y de la industria ligera dentro y en los alrededores de las grandes ciudades tiene una influencia innegable en el cuerpo y causa su propio caos químico. Los neoyorquinos y los londinenses puede que estén más delgados, pero también son, por ejemplo, menos fértiles, más dados a las alergias y asma y generalmente tienen un sistema inmunológico más debilitado.
Como en muchos otros temas, la respuesta a la obesidad siempre se hace desde la perspectiva económica y política, no por los potenciales problemas para la salud que ocasiona la exposición a los Organoclorados.
En EE.UU., el ex-presidente Bush consideraba que los acuerdos de Kyoto no se pueden contemplar desde una perspectiva que “amenace su economía”. Lo mismo que ocurre con el calentamiento global ocurre con el preocupante “mapa de la obesidad”. Según el último informe de la Fundación para la Salud de EE.UU., los diez estados más obesos son Mississipi, Alabama, West Virginia, Louisiana, Kentucky, Tenessee, Arkansas, Indiana, Carolina del Sur y Texas. Aunque todos ellos están en el sur industrializado del país, no se menciona ningún aspecto medioambiental. Sin embargo, el río Mississipi, que atraviesa varios de estos estados, es oficialmente el más contaminado del país. Además, en West Virginia, Texas, Indiana, Alabama, Louisiana y Georgia, se han instalado algunas de las veinte centrales eléctricas del país que producen contaminación por mercurio. Tanto el pescado como otros animales salvajes de los estados sureños, como Alabama, Arkansas o Tenessee, aparecen con frecuencia contaminados por organoclorados como DDT y PCB, debido a la producción anterior de estos químicos en la zona.
Así que, en vez de desvivirnos buscando un sinsentido políticamente correcto para no ser críticos con el problema del sobrepeso y la obesidad, quizás sería más productivo reconocer que los problemas y desastres más acuciantes no están al margen de una atmósfera enrarecida. Se generan en el entorno industrial, medioambiental y político de la vida moderna, y la vida moderna puede ser un negocio muy sucio en algunas partes del país.
Normalmente, los problemas de salud asociados con la contaminación se pasan por alto. Algunos, como el cáncer o el Alzheimer, tardan décadas en desarrollarse. Y la obesidad nos demuestra que la polución ambiental nos está matando. Reconocer que los contaminantes químicos podrían tener un efecto tan directo en nuestro cuerpo es posiblemente una de las más importantes novedades en salud pública. Esto nos obliga a reconsiderar nuestro concepto de la dinámica del control de la obesidad. Y unida a esto, hay una necesidad urgente de admitir en qué forma nuestras acciones configuran el medio ambiente y cómo este, a su vez, determina nuestra vida.
En julio de 2006, “algunas miembras” del Instituto Británico de la Mujer tuvieron la iniciativa de arrojar carretadas de embalaje innecesario a las puertas de los supermercados por todo el país con el siguiente mensaje: “vosotros creásteis este problema, vosotros lo limpiaréis”. De la misma manera, ha llegado la hora de lanzar el problema de la obesidad a la puerta de las industrias y los gobiernos con el mismo inquebrantable mensaje. Mientras, en cualquier caso, podemos consumir productos biológicos, que nos mantendrán alejados de ciertos contaminantes y, por otro lado, ayudarán a nuestros organismos a mantenerse íntegros frente a ciertas forma de exposición a determinados disruptores endocrinos.

Pat Thomas es colaboradora habitual de “The Ecologist UK”

 

OJO CON LAS CALORÍAS QUÍMICAS
PRODUCEN OBESIDAD Y SON PELIGROSAS
Además de los organoclorados, sabemos que una serie de sustancias químicas industriales y cotidianas favorecen el aumento de peso. Entre ellas están:
Organofosforados. Plaguicidas organofosforados como malation, dursban, diazanon… constituyen el 40% de los plaguicidas utilizados. Estos productos químicos se utilizan principalmente en el interior de edificios. Son neurotóxicos y alteradores hormonales.
Carbamatos. Incluyen aldicarb, bendiocarb, carbaril, propoxur y tiofanato-metil, que son ampliamente utilizados en agricultura, silvicultura y jardinería y se sospecha que producen alteraciones hormonales.
Organoestannicos. Estas sustancias químicas, que incluyen tributilestaño (TBT) y mono y dibutilestaño (MBT y DBT), tienen muchas aplicaciones: como estabilizadores en el PVC y catalizadores en reacciones químicas. También están presentes en revestimientos de cristal, pesticidas agrícolas, biocidas en pinturas anti-incrustantes marinas y en tratamientos y conservantes de la madera. Dañan los sistemas tiroideo e inmunológico y son potenciales alteradores hormonales.
Bisfenol. Un estrógeno mimético utilizado para hacer productos plásticos claros, duros y reutilizables. También se utilizan en la manufactura de polímeros, fungicidas, antioxidantes, tintes, resinas de poliéster, materiales inífugos, productos químicos de caucho y algunas resinas dentales.
Ftalatos. Son productos químicos producidos en grandes cantidades, que alteran el sistema hormonal, detectados normalmente en las aguas subterráneas, ríos y agua potable, así como en la carne y productos lácteos. En las últimas décadas, alrededor del 95% de la producción de ftalatos se asocia a la industria del PVC. Se encuentra en muchos plásticos y productos de consumo, desde laca de pelo y esmalte de uñas a botellas de agua de plástico y camisetas.
Materiales ignífugos polibrominados. Añadidos a muchos productos, como ordenadores, televisores y telas para la casa, para reducir el riesgo de incendio. También se encuentran en colchones para niños, colchones de espuma, asientos de coche y productos de PVC. Personal de oficina que utiliza ordenadores, limpiadores de hospitales y trabajadores de plantas para el desmantelamiento de material electrónico… están particularmente en riesgo por estos productos químicos. También son estrógenos miméticos que pueden afectar al sistema tiroideo.
Benzopireno. Es un común contaminante alimentario que pertenece a la familia de los productos químicos conocidos como hidrocarburos aromáticos policíclicos (HAP). Deriva de un alquitrán de hulla que penetra en la atmósfera como resultado de una combustión parcial de combustibles fósiles. Se ha demostrado que ocasiona aumento de peso en animales, sin cambios en la dieta. Posiblemente otros HAP tengan efectos similares.
Disolventes. Son productos químicos neurotóxicos como el xileno, diclorobenceno, etilfenol, estireno, tolueno, acetona, tricloroetano, que se encuentran normalmente en muestras de sangre humana. Son necesarios para un gran número de procesos industriales y ampliamente encontrados en adhesivos, pegamentos, líquidos limpiadores, pinturas y rotuladores, perfumes, pinturas, barnices, pesticidas, gasolina, limpiadores y ceras del hogar.
Cadmio. Utilizado principalmente como capa protectora para el acero, en material eléctrico, en baterías de níquel-cadmio y como componente de varias aleaciones. También se encuentra en los fertilizantes de fosfato, fungicidas y pesticidas. El cadmio del suelo aflora a través de las raíces de las plantas y se extiende a las hojas comestibles, frutos y semillas, pasando finalmente a los humanos y animales, donde puede acumularse en los lácteos y en tejidos grasos. Es neurotóxico y un potencial alterador hormonal.
Plomo. Las profesiones que suponen riesgo para los trabajadores en exposición a este neurotóxico son: industrias de fundición, refino y manufactura de plomo, fundiciones de bronce/cobre, las industrias del caucho y los plásticos, soldaduras, recorte y montaje de acero y plantas de fabricación de baterías. Trabajadores de la construcción y empleados de las incineradoras municipales, en las industrias de cerámica y barro, tiendas de reparación de radiadores y otras industrias que usan soldadura de plomo… también pueden estar entre los grupos altamente expuestos.

NO ALMACENES GRASA
MAYOR RIESGO DE MORTALIDAD

Una información cedida por EFE señala:“Según un estudio elaborado por el Instituto Catalán de Oncología, las mujeres con un IMC de 24,3 y los hombres con un IMC de 25,3 son los que presentan un menor riesgo de mortalidad, mientras que las personas que tienen un IMC por encima o por debajo tienen un riesgo superior”.
La obesidad y la acumulación de grasa abdominal duplican el riesgo de mortalidad en los países europeos, según un estudio en el que han participado investigadores del Instituto Catalán de Oncología (ICO), y que se publica en The New England Journal of Medicine.
El jefe de la Unidad de Nutrición, Ambiente y Cáncer del Programa de Epidemiología del Cáncer del ICO y coordinador en España del proyecto, Carlos González, ha explicado a los medios que para la elaboración del informe se ha hecho un control durante diez años de casi 360.000 personas de nueve países europeos. “Se han tenido en cuenta temas como la dieta, los factores de riesgo o la genética”, ha explicado González, que ha subrayado que este estudio es el más completo realizado hasta el momento.
El doctor Antonio Agudo, miembro de la Unidad de Nutrición, Ambiente y Cáncer del Programa de Epidemiología del Cáncer del ICO, ha explicado, por su parte, que “el objetivo ha sido establecer una relación entre la mortalidad y el Índice de Masa Corporal (IMC)”. La grasa abdominal es un elemento predictor muy importante del riesgo de mortalidad, siendo el riesgo más alto en los individuos con una gran obesidad abdominal y bajo IMC. “En este caso el riesgo se puede llegar a multiplicar por dos”, ha dicho Carlos González. Agudo ha destacado que “la obesidad no es sólo un tema de almacenamiento de tejido adiposo. Éste también funciona y tiene más actividad hormonal y celular porque es más activo”, ha subrayado el investigador.

Fuente: vidasana.org