El agua de mar suministra todos los minerales

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No hemos descubierto el mar. El descubrimiento que nos mueve es el de los múltiples métodos de ADULTERACIÓN DE LOS ALIMENTOS, que ha alarmado a muchos y ha generado una honda preocupación en capas cada vez más amplias de la sociedad. Los procesos de obtención, almacenamiento y distribución de los alimentos hasta que llegan al consumidor, los alejan cada vez más de su forma natural.

Y entre los “alimentos” adulterados, la SAL se lleva la palma. Y no por malas praxis de los industriales del ramo, sino por imperativo legal, como ocurre con la leche y con tantos otros productos. Del mismo modo que algún día alguien descubrirá el ordeño en vivo y en directo para conseguir leche de verdad, así también el mercado se ha alegrado de que se le haya ocurrido a alguien subsanar los graves problemas alimentarios a que da lugar la regulación del mercado de la sal, recurriendo directamente a su fuente: al Agua de mar.

Lo que hacemos en realidad al ofrecerle al mercado agua de mar, es renunciar a una sal que ha llegado al final de su recorrido en un refinado y una “purificación” que acaban finalmente en gravísima adulteración. Efectivamente, cuando la sal (muy especialmente la que emplea la industria alimentaria) se ha alejado tanto de lo que le corresponde ser por naturaleza, no queda ya más alternativa que poner a disposición del consumidor la fuente de la sal: la mejor y la más genuina, el agua de mar.

Porque si la humanidad, desde mucho antes de andar erguida, optó por el agua de mar desecada en las concavidades de los altos acantilados, fue porque ése era el residuo  seco  de  la  mejor  de  todas las aguas: la  única  criadora de  vida  y cargada consecuentemente de vida. Pero con una particularidad: la sal, por ser algo tan universalmente  excelente, fue  convertida  en  moneda,  abundante  para  los  ricos  y escasa para los pobres. Por fortuna quedó para éstos el agua de mar, imposible de moneterizar.

Ese residuo mineral del agua de mar fue tan apreciado… hasta ayer mismo, porque era el complemento perfecto de una dieta que adolecía de escasez de minerales. Ahí estuvo desde el primer momento y sigue estando hoy el PALADAR para dar fe de que ése era y es el complemento perfecto de nuestra alimentación.

Pero no  sólo dejó de serlo  (desde hace apenas 60 años por el  progreso industrial del refinado), sino que se convirtió en el enemigo número 1 de nuestra salud. Y es ahí donde estamos. Por eso se ha puesto en marcha de forma ya imparable el retorno al agua de mar, como cuando Gandhi lideró la Marcha de la Sal: fue salir huyendo de la sal (el instrumento de la dominación) para ir a refugiarse en el agua de mar, que fue para ellos la palanca de la libertad. Fue realmente la Marcha del Agua de Mar.

LAS BONDADES DEL AGUA DE MAR

Si queremos responder con total brevedad a la pregunta de qué tiene de bueno el agua de mar, la respuesta más sintética es: LA TABLA PERIÓDICA. Basta que nos fijemos en el ciclo del agua para entender la lógica de esta realidad. Sube del mar el agua dulce que las nubes derraman sobre la tierra. La lluvia lava el suelo arrastrando los minerales que éste contiene, siendo el mar su destino definitivo. Si esta operación se repite durante millones de años, es obvio que al tiempo que se empobrece la tierra de minerales, el mar se enriquece. Es igualmente obvio que los minerales que hacen fecundar la tierra están en el mar en muy gran abundancia.

Este hecho se traduce en un empobrecimiento mineral de los vegetales. De ahí que los animales que se nutren de éstos, han de subsanar ese déficit mineral por una de estas dos vías: o agua muy mineralizada (incluso de charcas) o ingesta directa de minerales: las vacas, las cabras, los caballos, etc. lamen piedras; y los elefantes comen barro con esta misma finalidad. Y la especie humana ha elegido el agua más mineralizada, la del mar y como alternativa mucho más manejable, su residuo mineral.

Y es el caso que tanto los animales que necesitan suplemento mineral como nosotros, que también lo necesitamos, enfermamos si no lo conseguimos. Con un agravante  muy  severo  en  nuestro  caso,  y  es que la agricultura intensiva y la fertilización con químicos depaupera todavía más el suelo agrícola, de manera que los vegetales que en él se crían padecen toda clase de debilidades que hay que subsanar con más químicos aún. Es una cadena de déficit minerales que empieza en el suelo, sigue en los vegetales, se extiende a los animales alimentados con éstos y remata en nosotros, con resultados nefastos para la salud.

Es obvio por tanto que si para subsanar este déficit mineral (que arrastrándose desde los suelos agrícolas hasta nosotros mismos nos impone altas cuotas de medicación) vamos a la única fuente equilibrada de todos los minerales, que es el agua de mar o a su residuo mineral integral, desactivaremos las causas de un gran número de problemas de salud de diversa gravedad, en razón de la resistencia de cada uno.

Para ser coherentes con estos planteamientos, más que preguntarnos qué cura el agua de mar, que tampoco es poco significativo su rol en este campo, deberíamos preguntarnos qué males y qué estragos nos evita. En coherencia total con el sabio principio de que no hay mejor medicina que una buena alimentación. Y a la hora de evaluar la calidad de un alimento, es básico su equilibrio mineral: que para eso se inventó la sal (mientras fue integral), para elevar los alimentos a su equilibrio mineral, inequívocamente indicado en su sabor.

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