Las siete diferencias entre un parto una operación de apendicitis

Hace unos días he leído el comentario de un señor (perdonad el eufemismo) que se autodenomina ginecólogo y no me he quedado a cuadros porque, queridas y queridos, el tartán no me favorece nada y además Dolce & Gabbana abusa muchísimo de él desde hace dos temporadas. Sí me quedé, en cambio, lo bastante boquiabierta como para amortizar la ortodoncia for ever and ever.

El comentario original fue publicado en el blog de Miguel Jara y ya dejé allí mi respuesta, si bien lo hice de una manera comedida y sutil, como es de ley que se comporte una dama en casa ajena. Sin embargo, no puedo resistirme a compartirlo con vosotros en este nuestro rinconcito de despotrique antiginesáurico, para deleitaros con esta frase reveladora que nos muestra, sin tapujo alguno, qué opinan de su trabajo algunos individuos de esos que trabajan “en esto de los partos” (la sintaxis y la ortografía son las originales, no me pagan para corregirles las faltas, así que se siente):


“En cuanto a la medicalizacion del parto es necesario decir que éste es un acto médico semejante a otro pero con connotaciones sociales que difieren de una apendicectomia o una operacion de cataratas, claro está.”

¿Que el parto es un acto médico? ¿Semejante a otro? ¿A cuál, exactamente? Pues será que en mi especie somos raras, pero toda la vida de Dior hemos parido por nuestros propios medios, sin bisturí, sin cables y sin tijeras… Y fíjese, estamos en el siglo XXI y aún quedamos algunas “miembras” vivitas y coleando para atestiguar lo que le digo, doctor. Es más, le voy a contar al oído y por lo bajinis un secretito que quizá no conocía usted: al primer ginecólogo lo parió su madre sin ayuda de otro ginecólogo… Quién sabe, ¡igual hasta le parió debajo de un árbol en luna llena, aquelarre-style…! Pero no me sea “licenciado” y lo casque por ahí, don “doc”, que no quiero rasgar el tejido del espacio-tiempo con esta osada revelación que podría poner en peligro la continuidad de nuestro universo tal como lo conocemos.

Esto es un apéndice, feo, chiquitajo y
esmirriao. Cualquier parecido con un
bebé es pura coincidencia o ametropía
severa por parte del que mira.

Ahora es cuando usted me sale con el tremendo susto de siempre, el de que las madres se morían y los hijos nacían tontos porque no había médicos y los partos se atendían entre cabras y sentadas sobre un jergón de paja infecto… Y yo le pido que me muestre usted la estadística que ilustra su afirmación y que me dé cifras concretas y ya la tenemos liada, porque no creo que antaño se estilase eso de registrar datos para que los ginecólogos del futuro los analizasen. Pero, como soy una diva flexible en mis opiniones y profundamente empática, le concederé que, en efecto, para evitar tales desgracias están ustedes, los médicos, formados en tratar patologías. Le aclararé, no obstante, que sus inestimables servicios son necesarios en muchas menos ocasiones de las que nos quieren hacer creer; lo que pasa es que a algunos de ustedes, tocados por la varita mágica del afán de figurar, les puede el ego y no saben tener las manos quietas.

Esta es la eclosión de un
simpático alien, no un
parto, aunque para
algunos ginesaurios sean
cosas parecidas.

Otro detalle, doctor: en el blog de Miguel Jara ya se lo he dicho, pero se lo repito ahora, en mi casa. Me parece de pésimo gusto comparar un parto con una apendicectomía. Con una operación de cataratas ni le cuento, pero lo del apéndice casi me deja muerta en la bañera. Suerte que mi mayordomo ha entrado a ofrecerme unas sales de baño nuevas que me traen de Niuyor unas amigas divinísimas que tengo y, al verme medio catatónica y con las pupilas dilatadas como si estuviese puesta de algo caro e ilegal, me ha devuelto a la realidad con providencial tino haciéndome aspirar el aroma a té verde que emanaba del frasquito.

¿De verdad ve usted alguna semejanza entre un parto y una operación de apendicitis? ¿Le traiciona el subconsciente o se está usted cachondeando? Voy a explicarle las siete diferencias a ver si se entera, aunque algo me dice que mis didácticos esfuerzos, en su caso, van a ser más estériles que si intentase enseñar modales a Belén Esteban:

  1. En un parto, una mujer sana, sana, sana (no me canso de decirlo), pasa por un proceso fisiológico y perfeccionado por miles de años de evolución que culmina en la llegada de su bebé al mundo. En una apendicectomía se extrae una víscera inflamada que no sirve más que para fastidiar a su pobre poseedor.
  2. El camino de salida en un parto ya está hecho, viene de serie. Salvo que a usted le aqueje en tal grado el “síndrome del galeno de las manos inquietas” que tenga que cortar (por arriba o por abajo) a toda parturienta que se cruce con usted, en cuyo caso ya se va pareciendo más la cosa a una apendicectomía, que requiere hacer un agujerito que no viene puesto de fábrica.
  3. Un parto es una experiencia intensa y salvaje en la cual el dolor es un mecanismo que sirve para desencadenar una enorme respuesta hormonal destinada a hacer que madre e hijo se enamoren irremediablemente nada más verse. Me apostaría con usted a que, por mucho alivio que sienta alguien a quien han extirpado el apéndice y, por tanto, librado de tremendos dolores, ningún paciente se ha enamorado por ello del médico ni, mucho menos, de la tripita pocha.
  4. En un parto no hacen falta médicos siempre y cuando todo vaya bien. Para sacarme el apéndice, en cambio, admito que el DIY (“do it yourself”) no es mi concepto ideal de operación. Aunque se me da muy bien coser y creo que podría hacerme una bonita sutura en punto de arroz…
  5. Las mujeres podemos parir sin anestesia, sin medicamentos y sin parafernalias. No creo que yo pudiese o quisiese dejar que me extirpasen el apéndice sin ponerme fina de todos los anestésicos que el cirujano estimase conveniente chutarme.
  6. Una vez fuera de mi estupendo body la víscera en cuestión, personalmente me daría igual si la tiran a la basura, me la entregan para conservarla en algún licor exótico o se hacen con ella una caldereta. Sin embargo, como el “producto” de mi parto es mi hijo, una persona, un ser vivo único e irrepetible, me considero en la obligación moral (y en el derecho, por supuesto) de buscar para él un comienzo digno, dulce y sereno, sentimiento que mi apéndice, en cambio, no me inspira. Desconsiderada que es una.
  7. Una cirugía debe ser realizada por cirujanos. Un parto normal debe ser atendido por comadronas. No sé si capta usted el matiz, así que se lo explico: no hace falta que me opere, “doc”, yo sé parir solita. ¿Será que le da envidia?

En fin, queridas y queridos, a buen entendedor pocas palabras bastan, como diría mi madre, que es muy del refranero español, pero creo que no será este el caso, por eso me he explayado hasta quedarme muy a gusto.

Me despido hasta que me pongan a parir,
Lady Vaga,
la diva que divaga.

 

 

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